domingo, 31 de enero de 2016 0 comentarios

Depende, todo depende...


Así comenzaba una popular canción, que muchos hemos cantado, tarareado e, incluso, tenido como tono en el móvil. Pero de lo que no nos dábamos cuenta era de que una particular forma de ver la vida se nos iba colando muy dentro. Una visión tan antigua como el mundo, pero a la vez una de las filosofías que más ha despistado al ser humano, porque lo conduce irremediablemente a la mediocridad. Muchas veces me he topado con esta frase en mi vida y en muchas ocasiones me he dejado llevar por ella. Ahora, pienso, que no siempre las cosas dependen. La injusticia no depende de por donde se mire, si no pregúntale a los marginados, refugiados y pobres de la tierra: "mire usted, que usted sea pobre, seamos injustos con usted... pues, ¡depende!". Porque detrás del depende se esconde el egoísmo humano, la búsqueda de que las cosas siempre me beneficien, de que el perjudicado no sea yo.

Para Dios nunca depende. Esto es lo que he ido aprendiendo a lo largo de muchos años, de tiempo de alegrías y de penas, de contemplar injusticias y de ver como la gente lucha por una vida mejor, para los suyos y para sí. Para estos, los favoritos de Dios, las cosas no "dependen". Nuestro Dios se pone a nuestro lado y nos propone una forma de vivir, en donde el Amor, la Misericordia y el Perdón sean los protagonistas. Y esto o se vive o no se vive, no depende. En eso consiste vivir el Evangelio, en su radicalidad. En vivir como se debe, en favor de todos, no solo en el mío propio.

Que este tiempo, año de la Misericordia, sea para muchos un tiempo para comprometernos a fondo, ahora, en la realidad sufriente que nos rodea. Y que no "dependa" ni de circunstancias ni tiempos ni personas. Porque en el fondo ser feliz y hacer felices a otros, eso, si depende de cada uno.  
lunes, 7 de septiembre de 2015 1 comentarios

Adios, doña D.

Podría contar muchas historias. Hoy quiero contar una. 
Al llegar a la parroquia, un grupo de señoras de edad se presentaron como grupo de "tercera edad". En seguida nos hicimos amigos. Yo las acompaño y ellas se dejan acompañar. Ellas hacen de abuelitas y yo hago de nieto. Y rebauticé el grupo como "grupo Santa Ana", haciendo referencia a la abuelita del Jesús. Entre ellas estaba doña D.
Delgada, siempre sonriente y atenta a todas las necesidades y personas, doña D. no se perdía ninguna de nuestras actividades. Si teníamos una misa, ella estaba en el primer banco. Si una reunión, siempre presente. Sonriendo, con sus mejores galas, apoyando, sumando... Y un día, doña D., caminando por la calle me aborda y me regala un puñado de caramelos de menta. "Yo no puedo aportar mucho" me dice, "pero le regalo unos dulces". Desde entonces no han faltado esos caramelos en mi bolsillo y en mi mesa del despacho parroquial. Y mucha gente se ha beneficiado de esos caramelos, porque después de una conversación les he obsequiado con un dulce, para alegrar la vida y endulzar lo amargo del corazón. 
Y doña D. vivía sola. Con 82 años vivía en un pequeño cuartito alquilado. Y con nueve hijos, la mayoría de ellos viviendo en el extranjero, ninguno la atendía. De vez en cuando se echaba a llorar cuando hablábamos y me contaba la pena de ser madre de tantos y ser olvidada por ellos. "Solo mi nieta me visita", y un día me la presentó. Una gran pena cubría su rostro lleno de lágrimas al compartir que la soledad constantemente estaba mordiéndole el corazón. En la parroquia, y en el grupo de abuelitas, ella encontraba el consuelo y la alegría en el compartir.
Por eso, doña D. había acogido muy dentro al Señor. Y su sonrisa no la abandonaba nunca, salvo cuando hablaba de su gran pena. Por eso iba al mercado y repartía entre los pobres lo que podría. Por eso me daba dulces, ella que tanto sufría por la ausencia de los suyos, quiso endulzar mi vida con lo poco que tenía; y ¡qué bien me sabían esos caramelos de menta! 
Hoy, doña D. ha fallecido. Y me siento triste. 
Adiós, doña D. Descansa en paz junto a Dios, tu papá. Junto a aquel que te quiso desde siempre y que siempre estuvo contigo. Adiós, doña D. y protégenos desde el cielo. Y gracias, muchas gracias, por recordarme tantas cosas, pero especialmente te agradezco tus caramelos de menta, que tanto bien me han hecho. Reza por mí, yo lo haré por ti.
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Se llamaba Aylan y tenía tres años...


Hace unos días las redes sociales fueron inundadas con una fotografía: un niño tumbado al borde del mar. Un pequeño que parecía dormido, un diminuto ser humano. La noticia nos hablada de una realidad sufriente de nuestro mundo, una guerra en Siria, su país natal. Un conflicto que obligó a su familia a salir de su país para buscar tierras menos crueles donde crecer y ser feliz. Pero el mar tuvo otros planes y se llevó al pequeño Aylan. El mar es así. 

Montones de otras fotos han seguido a esta primera, y no solo fotos. Artistas de todo tipo han inmortalizado este acontecimiento, cada cual a su estilo, pero todos reflejando la tragedia. Y me pregunto tantas cosas que no soy capaz de ordenarlas en mi mente y en mi corazón. 
Siempre aparecen los "por qués", pero en esta ocasión también me pregunto por mi, nuestra, postura frente a estas realidades. Podemos indignarnos, crear una campaña de protesta o de solidaridad, pero después ¿qué queda? Poco nos queda. Pasamos a otra cosa, como si de una "moda" se tratara. Hoy nos indignamos por esto, pero mañana seguimos en lo de siempre. Nuestra vida no cambia absolutamente en nada.

Por eso hoy quiero gritar bien fuerte el nombre de este niño, que simboliza a todos los niños y niñas que diariamente sufren y por los que no debemos parar de preocuparnos. Unos sufren los desastres de la guerra, otros la indiferencia de los adultos, otros son victimas de las pasiones y egoísmos de las personas... Y algo dentro de mi se rebela contra esta injusticia. Por eso sigo pensando que hay que apostar por la infancia y la juventud, para que esto no ocurra, pero cuando ocurra, mi y tu vida, no siga igual. No nos cansaremos nunca de defender la dignidad de las personas, especialmente de los pequeños.

Pienso en aquel policía, y en como aquel día cambió su vida al tener que recoger el cuerpo de Aylan en sus brazos y liberarlo del mar.





miércoles, 8 de abril de 2015 0 comentarios

En vida o muerte, somos del Señor...

¡FELIZ RESURRECCIÓN!
 
 Y feliz vida, feliz alegría, feliz celebración. Acabamos de comenzar el tiempo de la Pascua, y no puedo dejar de escuchar en mi mente esta canción. Porque si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe. Queridos amigos, en este tiempo de la Pascua demos gracias por la suerte que tenemos de saber que hay un Dios que nos ama y que ha dado su vida por nosotros. De esta forma, ¡todos hemos sido salvados!. Salvados de nuestras miserias y debilidades; y de lo más triste: la muerte. Somos hijos de un mismo Dios, que nos ama y que nos ha regalado tanto, que en la vida y en la muerte somos del Señor (Rom 14, 8). 
Que este tiempo de Pascua sea de verdadera y profunda alegría. Que podamos compartirla con los que tenemos cerca y que la llevemos a donde se necesite una sonrisa. Porque ¡Cristo ha resucitado! y vive en tí y en mí. Llevemos esta Buena Noticia a donde nos encontremos y hagamos de este tiempo pascual un tiempo de celebración.
lunes, 6 de abril de 2015 0 comentarios

Viviendo la Pascua 2015


La primera vez que celebré la Semana Santa de una forma "diferente" tenía 18 años. Fue en una "Pascua Juvenil" en unos pueblos pequeños y algo perdidos de mi tierra natal. Desde entonces no he dejado de celebrar esos días tan importantes dentro de una "Pascua Juvenil". Ni siquiera el año pasado, que en principio iba a ser una Semana Santa romana y vaticana, finalmente no lo fue y regresé a vivir con intensidad la pasión, muerte y resurrección con los mios. Este año, al comenzar la Cuaresma y debido a la misión que desempeño actualmente pensé: este año será un año "formal". Pero el Espíritu tenía otra cosa pensada. De nuevo, "Pascua Juvenil". 
Y es que un escolapio no puede estar lejor de los jóvenes. No podía ser de otra forma. Me alegro de estos días vividos en compañía de mi comunidad, religiosa y parroquial. Me siento bendecido por muchas cosas, y en especial por estos momentos de "coincidencia", en la que el Señor continúa sorprendiendome, a pesar de mi pequeñez y de mi inexperiencia. 
Gracias, Señor, por todo lo regalado en estos días de Semana Santa 2015.
 
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